Un viaje maravilloso!

Será un vuelo maravilloso! Abróchense los cinturones. Arrojen sus miedos al pasillo. Tomen una respiración profunda para que calmen la ansiedad, prepárense a volar. Era mi primer viaje en avión, asi que la instrucción que llegó a mis oídos fue algo extraña, estaba realmente excitado. Un silenció emocionante fue ocupando espacio en medio de las múltiples voces de los viajantes que con sus propias expectativas murmuraban, susurrando los unos con los otros, imagino que acerca de lo que sería aquel tiempo de viaje.

Yo estaba más bien como hipnotizado siguiendo las instrucciones que no alcanza a oír con claridad, aunque estaba concentrado en la figura perfecta de la azafata, el ruido alrededor solo me permitía mirarla, y en detalle noté su cabello de color castaño claro y liso, perfectamente peinado hasta terminar con un pequeño moño en la parte posterior de su cabeza, como un buñuelo dulce y hermoso. Coronada por un sombrerito azul, que me figuraba un barquito enamorado del mar, bailando sobre las aguas al ritmo de sus movimientos y gestos. Su voz algo ronca y suave calmó nuestras ansiedades y nos llenó de ilusión con la propuesta de un vuelo sorprendente, ameno, divertido.

Así que sin más iniciamos el despegue en medio de algunas voces sorprendidas por ese vacío que se produce en el estómago en ese instante sublime y eterno de estar suspendido en el aire. El avión hizo un viraje a la izquierda, subió más y más. Yo estaba maravillado! Pude ver el mar azul claro y luego cambiar a un tono más oscuro, con motitas blancas que imagino eran espumosas olas que explotaban al caer desde su cúspide. Las montañas eran enormes, estaban cerca y lejos allá en la costa.

De nuevo la voz de la aeromoza nos sedujo y nos pidió que golpeáramos con nuestros pies el piso, lo hicimos, fue un ruido estrepitoso y desordenado, en la emoción del zapateo se me salió un zapato, lo perdí por un momento o por todo el viaje, no recuerdo, pero aún con mi pie descalzo no paré, era una acción frenética.

Con firmeza, pero con ternura casi maternal, dio dos o tres palmadas con su manos, como cuando aplaudes  y nos pidió detener el movimiento. Quería que miráramos por las ventanas, el paisaje era increíble, estábamos volando frente a las costas de Hawái, desde lo alto, que no tan alto, casi al ras del mar, pudimos ver mujeres, niños, jóvenes, ancianos, hombres vestidos con ropas coloridas y trajes típicos, algunos llevaban instrumentos musicales y nos dedicaban bellas canciones. Bailaban y nos saludaban desde la playa cubierta de verdes palmeras.

Llamó de nuevo nuestra atención con un par de golpecitos que dio a la punta del micrófono, todos guardamos silencio y la miramos. Sin preámbulos y con un delicado movimiento de sus brazos nos invitó de nuevo a mirar por las ventanillas. Increíble! Estábamos volando sobre las pirámides egipcias, el color marrón claro y brillante de la arena encandilaba pero, no podíamos dejar de mirar, eran perfectas! Una fila de cien camellos dejaban una huella y todos estábamos allí, montados sobre sobre sus lomos, con atuendos blanco y beige.

Bamboleándonos de un lado a otro, sintiendo el calor que quemaba las mejillas, mirando como la inmensidad del mundo estaba en el desierto, nos dijo que toda la tierra que miráramos era nuestra y podíamos visitarla cuantas veces quisiéramos.

Cierren los ojos por favor, este vuelo continua, aún queda mucho por recorrer, valles y montañas nevadas, bosques y ríos que esperan por nosotros... pero por hoy hemos finalizado el recorrido, desabrochen sus cinturones. Dejen todo en orden sobre sus pupitres. Llévense sus sueños y compártanlos. Nos vemos mañana, no falten a la clase. Esa fue la última frase del día de mi maestra preferida… y todos tuvimos una.

Jesús Lira

El sueño de Mel

Resistí la envestida del viento, el calor abrasador del desierto que acortaba mi respiración, la polvareda incesante que de marrón y amarillos cubrían el sol y me impedía que precisara el camino terroso y empedrado, que por momentos subía o bajaba, sin un solo arbusto que me sirviera de guía, de esperanza.

Un desánimo generalizado me acompañaba, como una fuerza opuesta que a cada paso me recordaba que la vida es solo un instante eterno, que empieza con dolor de madre y llantos de alegrías efímeras, que pronto se convierten en rutinas.

Así, en medio de aquella tormenta de polvo que por instantes me tumbó y me hizo rodar hacia atrás, como si fuera un ovillo de pasto seco en medio de la nada, que se dolía y sentía romperse con cada piedra que golpeaba, hasta pasar a un instante de profundo silencio que me dejó recostada en una oscuridad azul insondable, como en un trance infinito. Yo era la nada… o un pensamiento, quizás estaba dormida, más lo que vi fue el espectáculo más maravilloso que ojos algunos hayan visto.

Quiero contarte que pasé de un dolor agudo y profundo en todo mi cuerpo a una sensación de silencio y sosiego, donde las estrellas eran tantas que me di cuenta y te juro que es verdad, que mis ojos también eran estrellas, dos luceros que habían comenzado a brillar y me iluminaban íntimamente. Como una lámpara dentro de un envase que deja escapar rayos de luz para iluminar con fe a los creyentes, a los que esperan el milagro.

Y lo que voy a platicarte de seguidas es cierto, te lo puedo jurar. Imagina que todo está oscuro, que tu cuerpo se eleva hacia el cielo y que una suave brisa se entreteje y sacude tus cabellos y sientes esa agradable sensación de estar en un estanque eterno, de agua cálida. En la distancia despunta el sol, y se empiezan a entretejer colores del amanecer como en un remolino que gira suavemente frente a ti, que te hipnotiza y te atrae hacia su centro que es un hoyo negro, perpetuo, infinito.

Ahora piensa en esto… y te confío que así me sentí, todas las luces que escapaban de mi cuerpo agujereado y dolorido se dispersaron por el espacio de aquel remolino de colores y quedaron atrapados, como en una red mágica, luego se deslizaron por unos colgantes y unos ángeles en forma de plumas blancas, que flotaban delicadamente, recibieron esas penas y dolores, los bajaron a un espacio desconocido de paz y amor. Yo seguí avanzando ahora sin peso, en armonía, como si yo fuera una linda canción de cuna, una que no se olvida.

Así, en un sueño profundo fui absorbida por el hoyo negro y lo único que recuerdo fue que unas manos amables me recibieron y por primera vez en mucho tiempo mi sonrisa no me dolió. Miré en tu rostro muchos rostros y unas lágrimas de alegría que me invitaban a ver de nuevo el sol con fe, con renovada esperanza y, aquí estoy, contándote este extraño sueño de amor y vida. Es un sueño acerca del milagro de un “Atrapa sueños azul, amarillo, naranja y violeta”.

Jesús Lira

Enero 2021

FLOR HUICHOL

 

Flor Huichol

Sentada en la arena, aquella tarde de verano, con la puesta del sol anunciando el fin de un día caluroso que aun no terminaba, quedé como en un trance hipnótico ante tanta belleza de colores azules, naranjas rojizos, grises azulados, verdes amarillosos y una oscuridad que al fondo esperaba tranquila el cierre de un ciclo.

Estaba en profunda calma, el silencio era roto solo por el rugir acompasado de las olas del mar, que rompientes, dejaban una estela blanca burbujeante, que casi al instante morían para regresar en un nuevo nacer y morir a la vez.

Así, en una danza lenta y constante, de otra tarde eterna de Nayarit, mis manos se hundieron en la arena blanca y gris y marrón y negruzca. Como enraizándose y me sentí parte de esa tierra y escuché mensajes a través de mis dedos, que con sensibilidad recogían diferentes sonidos y lenguas de aquella tierra, de sus colores, de sus comidas, de sus luchas, de sus alegrías, de sus tránsitos nómadas que recorriendo el largo de mis brazos, viajaban a través de mis venas, hasta llegar a mis oídos y conectar sonidos con los colores de la caída del sol.

Escuché conmovida y fascinada historias de comidas y colores. Me impresionaron los olores de especies, de sabores, de identidad. Entonces moví mis dedos y comencé a tejer, a veces los sentía arder con la fricción de la arena, por momentos quería retirar mis manos, pero escuchaba plegarias o cantos de chamanes y era que estaba como en trance de rituales antiguos que desnudaban mi alma. Una voz me susurró al oído que era el “rito del tambor” para proteger a los niños después de nacer y hasta los cinco años de edad. Como madre me sentí conmovida, dejé que escaparan algunas lágrimas de emoción y alimentaran a la madre tierra.

El resplandor del sol quemaba mis mejillas y de alguna forma misteriosa, escuché voces y escuché decir como en una melodía grupal Wixárikas es Huichol y Huichol es gente. Regala una flor de Huichol. Haz feliz a nuestros huicholes que somos todos hijos de la madre tierra.

Así, de pronto, mis manos quedaron libres y suavemente las desenterré de la arena, en ellas colgaba un manto de colores crema, negro, rojo y amarillo. Se reveló un mensaje entonces, era una Flor de Huichol, un mensaje de gentes de otros tiempos para los que buscan una visión, un viaje espiritual y sagrado.

Jesús Lira

El Virus

El ambiente de aquel lugar era vivo, avisos titilantes en algunas tiendas, colores y olores a comida, vidrieras que separaban nuestros deseos de hermosas prendas de vestir a la última moda, perfumerías que daban un aroma de elegancia al entorno; pasillos llenos de gentes que intentan no tocarse unos con otros, manteniendo una distancia prudencial o de seguridad.

Parejas, familias, grupos de adolescentes y solitarios como yo, que hemos decidido visitar aquel centro comercial. Todos estamos de alguna manera congregados para celebrar o disfrutar la vida, luego de tanto tiempo de miedo y confinamiento por aquel virus que de pronto se hizo presente y nos robó la libertad.

Me dejo llevar por los sonidos y murmullos; aún estoy un poco barbado y algo despeinado, pero no soy el único, según puedo ver, muchos más al parecer se han abandonado o adaptado a esta extraña nueva era de lecturas, conversaciones obligadas, violencia intrafamiliar soterrada, compartir a distancia por las redes, solidaridad forzada, encierro, feminicidios y vida condicionada.

Siento un picor en la garganta, como una cosquilla, carraspeo y hago una pausa con los ojos aún posados sobre las amarillentas páginas de “La Metamorfosis” de Frank Kafka. De seguidas, siento un deseo irrefrenable de estornudar, no he tenido tiempo de controlarlo, lo he soltado con toda su sonoridad, luego he intentado limpiar mi nariz, mis ojos están acuosos por la fuerza ejercida.

He quedado medio aturdido, con sonidos en los oídos pero, en medio de un silencio absoluto, me he visto solo en aquella mesa, todos se apartaron de mi y estoy como en un círculo de silencio, de personas enmudecidas que me miran con miedo y… odio. Son segundos infinitos, hasta que de pronto, de entre la multitud surgen cuatro hombres enfundados en trajes blancos, usan escudos y máscaras transparentes.

Dos de ellos portan unas varas largas, con aros y redes en la punta que intentan colocar en mi cabeza. Me han dicho: No te muevas, quédate donde estás. No les hice caso y me subí a la mesa. Grité que me dejaran: váyanse! Percibí un cambio en mi cuerpo y sentí que tenía alas transparentes, como si fuera una mosca. Miré con miles de ojos, trepé por la cadena que suspendía la lámpara que alumbraba mi mesa.

Recibí un golpe en no sé qué parte de mi cuerpo y caí, me llevaron atrapado en unas redes. Iría a confinamiento, todos estarían protegidos de mí, del virus. Me encerraron en un cuarto blanco, donde había una cama y una poceta blanca. Me había transformado en un enfermo del virus.

Abrí la novela de Kafka, que nunca solté de mi puño apretado. Estaba arrugada, intenté leer y estornudé de nuevo. Siempre fui alérgico al polvo.

Que mundo de incomprensión. Cuanta ignorancia, cuanta soledad.

Jesús Lira

Julio 2020

Inmersión

Como de costumbre el calor era abrazador en El Puerto. Eran las 7 de la mañana y estábamos casi listos para zarpar. La formación de hombres en 4 columnas por 6 filas, más los dos Capitanes, perfectamente vestidos de blanco, resplandecía bajo el sol sobre el muelle número 3, desde donde partiríamos en nuestra primera misión de reconocimiento de las costas de nuestro país.

El discurso fue breve y nos cubrió de energía, sobre todo a los marineros más jóvenes, los que transitábamos nuestros 17 y 18 años de edad, para quienes ésta sería la primera navegación en un Submarino. De pronto, no sé si por el calor o la emoción, sentí que me elevaba como un metro sobre el piso, miré sobre todos, vi el horizonte verde azulado, escuché la brisa marina silbando entre las palmeras y oí nítido el sonido del oleaje rompiente sobre la costa.

Aunque estaba asombrado, seguí en formación desde la altura y pude ver los pensamientos de varios de mis compañeros, era surrealista, pero juro que era verdad. No les diré sus nombres por razones obvias, con nuestros apodos bastará. Al primero que miré fue a mi amigo “Bufón”, un marino risueño, que para variar estaba recordando haber quitado la silla a su papá, quien cayó de espaldas; lo mejor era que su papá también se reía y de allí creo, le provenía esa felicidad eterna de reírse por todo y con todos.

El “Amargado”, era un Sargento, chaparro, aindiado y medio panzón de tez aceituna, con 15 años de servicio. Protestaba y murmuraba por todo, incluso frente a un plato de comida, era una manía que según entendí, le provenía de la escasez vivida en su infancia, era como una eterna culpa de comer lo que antes no pudo. “Bocazas”, era un Sub Oficial, atlético en sus 40 años de edad, moreno, tostado por el sol; siempre activo, hablando, explicando, era un especialista en salas de máquinas. Era un tipo que sabía de todo.

Finalmente, me fijé en los pensamientos del Capitán “Bigotes”, el hombre tenía un mostacho espeso y muy negro. Sospecho que se lo pintaba para verse mas enérgico y joven. Este hombre robusto estaba dando instrucciones; sin embargó, noté angustia en su rostro, tenía miedo a fracasar.

Habían muchos más personajes y pensamientos allí, no obstante, no los aburriré con cuentos como el de “Tristón”, un marino alto, flaco y desgarbado, con las cejas negras, puestas en su cara pálida como un techo de dos aguas, que lo hacían ver melancólico y… tristón.

Todos a bordo, fue la única voz real que escuché. Estábamos todos dentro de ese tubo llamado Submarino, que a diferencia de las películas no tiene ventanas para ver los peces, las medusas, tiburones o sirenas.

Cada uno ocupó su puesto de trabajo, escuchamos las instrucciones del capitán “Bigotes” y procedimos a la inmersión. Fue emocionante escuchar como los tanques expulsaron el aire y se llenaron de agua, entramos de punta y luego estabilizamos horizontalmente en una profundidad de 30 metros. Fue un éxito! Seguía la prueba de emersión, se escuchó la orden, ahora debíamos cerrar válvulas, llenar los tanques de aire y subir. Ese era el plan. No fue así. Por alguna razón nos quedamos sin propulsión y comenzamos a hundirnos por la popa.

El Capitán “Bigotes”, estaba paralizado intentando hablar. “Bocazas” tomó el mando, antes pidió permiso, que se le concedió sin una palabra, obviamente sabemos la razón. A mí, que era un flacucho, pero “Elocuente”, así me decían, me dio una mano cerrando las válvulas. Seguidamente corrió y encendió la energía alterna, activando la propulsión. Salimos como un corcho del agua. Nos bamboleamos para todos lados. Celebramos! “Bufón” reía a carcajadas. “Amargado” mascullaba algo ininteligible; “Tristón” lloraba de alegría… Yo, se los conté.

 

Jesús Lira

Junio 2020

Los visitantes

Llegaron varios de ellos y me asusté tanto al verlos, que no pude atinar a decir ni una sola palabra. Entraron desordenadamente a la sala, unos se acomodaron en los muebles y sillas disponibles, otros se quedaron de pie y algunos deambularon alrededor. Fue tal mi susto, que la tasa blanca donde tomaba mi café, estaba esparcida en el piso, convertida en pedacitos multiformes.

Mis huesos cansados no me permitieron ir a ninguna parte, sentada y callada pero, con un torbellino de palabras que se ahogaban en mi garganta en un intento de salir gritando por auxilio, me resigné e intenté rezar alguna oración, por si eran fantasmas o espíritus burlones. Tenía mis ojos tan abiertos y sin parpadear, que empezaron a dolerme, me brotaron unas lágrimas gruesas, que no eran saladas sino amargas.

En mi confusión no los recuerdo a todos, es probable que fueran más de diez; a los que si recuerdo claramente es a la niña de 8 años, con su cabello negro recogido en una cola y su inmaculado vestido blanco, que terminaba como en una campana a la altura de sus rodillas y al hombre grande y gordo, cuya delgada correa marrón abarcaba su redondez, sosteniendo su pantalón gris ajustado más arriba del ombligo, la camisa blanca manga corta y el sobrero negro tipo Bombín, decorado con una pluma roja por un lado.

Hablaban gesticulando, sin emitir sonidos, sus labios estaban sellados, pero se movían, eran flexibles, sus bocas eran elásticas y parecían pintadas en sus rostros; yo los oía claramente, decían muchas incoherencias, hubo un instante en que el terror comprimió mi cuerpo y me paralizó al entender el mensaje. Era una visita inoportuna.

El hombre gordo me miró una vez más, sin ninguna emoción, dijo, prepárate que nos vamos, su voz me heló. La niña tomó mi mano, se acercó a mi oreja y me confió, no tengas miedo, yo te cuido porque yo soy tú. Sentí calma y recuerdo haber mirado mis uñas perfectamente cortadas y pintadas con un brillo esmaltado, que súbitamente se tornó opaco, me di cuenta de los años acumulados en este cuerpo doblado y marchito.

No me resistí, volví la mirada hacía el jardín, me regocijé con las flores rojas y azules, en el verdor reinante, en el aroma de la tierra húmeda y abonada. Unos rayos de sol que entraban lateralmente por la ventana mientras caía la tarde, calentaron el ambiente y colorearon de naranja la sala.

Era tiempo de volver. Se hizo un silencio calmo, percibí un olor dulce y floral. Los visitantes se habían ido, sólo quedó el hombre gordo, que suave y delicadamente quitó el velo que cubría mi cabello, me miró respetuoso. Me aferré de su brazo y nos fuimos lenta y eternamente.

Jesús Lira

Junio 2020

Detrás de la ventana

Ahí estoy… queda, lela y ensimismada frente a la ventanilla de vidrio sucio y rayado de tanto limpiarlo, veo pasar un auto y mi mirada se distrae, lo sigo con mis ojos hacia la derecha y su color rojo se pierde al final de la calle. Otros coches cruzan mi horizonte visual, confundiendo mi mente y mis sentidos en un arcoíris trepidante y sin armonía.

Cierro los ojos, los aprieto fuerte, los abro y veo globos y manchas de colores, oigo música y un taconeo enérgico, como de danza flamenca. Veo imágenes, luces brillantes, opacas y bobas, múltiples sonidos que me animan y desaniman, mi cabeza es una psicodelia.

Es curioso y contrastante que mi cuerpo está en reposo, amodorrado sobre esa silla de tres ruedas, de color negro y espaldar pequeño (les llaman “Silla de oficina”). Me pregunto ¿estoy en el ocaso de mi vida o soy el ocaso? mi alma está desbordada y mi espíritu revoloteando.

El toc, toc, toc que sonó sobre el vidrio que me separa de los compradores y transeúntes, me vuelve a la conciencia de mi rol de vendedora de boletos en la taquilla que está a un costado del “Teatro Sueños”, famoso entre turistas y locales, claro es el único que hay en nuestro pintoresco pueblo a orillas del Océano Pacífico, que por cierto, no hace honor a su nombre en los días tempestuosos de invierno, pero si a mi cuerpo agotado por los felices años idos entre bailes y viajes.

Estoy allí, claro que soy yo! Otrora primera bailarina del Ballet, miro el micrófono inservible frente a mí, con buena cara vendo un par de tickets para la fila G en los puestos 25 y 26. Me hace feliz que estén llegando los espectadores para el show del día. Por supuesto que ya no actúo para el público, lo hago como todos los que vienen y van (para aparentar que vivo), pero escucho y veo, no tan claramente con mis ojos como con mi alma.

“Bienvenidos al Teatro de Sueños”. Así es nuestro eslogan y yo lo digo como un mantra.

La jornada ha sido lenta, el día caluroso, yo tengo un ventilador que resopla de lo viejo, pero al menos me da algo de aire. Afuera los transeúntes secan el sudor de sus frentes, cuellos y brazos con paños de algodón. Es el mes de julio, es de tarde y el sol brilla como es su habitualidad por estos lares. Siento la humedad agobiante, las gotas de sudor que corren por mi espalda son verdaderos ríos desbordados, que se convierten en delta al expandirse y regarse entre mis caderas y mis nalgas, esta sensación es bien conocida para una artista de baile, como yo.

Estoy fatigada, cerré los ojos un momento y me fui volando, literalmente volando, veo mi cuerpo sobre el mostrador, debajo de mí sobresale el viejo micrófono de cabeza negra. Un par de tickets no vendidos quedaron en mi mano derecha. Ese fue el final, me he marchado. Adiós!

Jesús Lira

Mayo 2020

Un pequeño héroe mexicano “José”

Cualquiera se llama José, más no todos los Josés son iguales. José es un hombre viejo, no tan viejo como lo imagino por su apariencia, pero si tanto como los tiempos que definen la tierra Michoacana. Es callado y atento como un ciervo en la maleza, es sereno, pero ágil y activo como una gacela, sabes que terminó su labor por los resultados que se suman.

José es de baja estatura, debe medir como 1,50 mts., su cuerpo es menudo, pudiera incluso parecer frágil; sin embargo, se ve enorme mientras se mueve en el terreno, ni que hablar de su fuerza, mueve cosas, ajusta piezas grandes de madera y metal, más grandes que él como si nada.

Su rostro redondo, me recuerda más la imagen de un chamán que la de un obrero, su piel se aprecia algo oscura, diría que curtida por el sol y el tiempo, aun vista así, es lisa; unos bigotes blancos-grises, espesos y largos que atraviesan sus mejillas casi hasta las orejas, me recuerda a las focas. No sé de qué color son sus ojos, he pensado que son negros, más no estoy seguro, pues siempre usa una cachucha calada hasta las cejas, de las que tampoco sé su color, aunque pudiera ser un marrón sucio-brillante.

Pude ver o imaginar su cabello cano, medianamente largo, que finaliza en una cola amarrada por una liga o, una cuerda o una tira de algo.

Sin embargo, nada define mejor a José que su sonrisa, corta y pegajosa, algo ingenua y maliciosa, pero sin maldad. Con ella acompaña cada una de sus frases u oraciones. Sin dudas José no es un hombre culto, más si es inteligente y sabio. Imagino que su saber proviene de la vida misma, de los zapatos desgastados y polvorientos que atravesaron el desierto, caminando de noche y durmiendo de día, donde el calor abrazador quema la fe de muchos y fortalece el espíritu de otros pocos. Pienso que él entra en este grupo. Lo veo como el recolonizador de las tierras y los tiempos perdidos.

José sabe callar o hablar con igual sencillez, agudeza y precisión. Sus silencios son largos e instructivos, muestran fuerza y destreza en la ejecutoria, resuelven lo que otros no entienden, por eso, José calla más que lo que habla.

Cuando me platicó por primera vez, me preguntó ¿joven se perdió? Luego afirmó - le dije que al entrar era a la derecha – y de seguido soltó esa mini carcajada o sonrisa bonachona que me sonó algo así como: jejeje. Eso fue todo. No dijo más.

A continuación expresó - bueno a trabajar. Le seguí y me indicó lo que debía hacer, es decir, agarró una herramienta, se agachó, me mostró la ejecución y me señaló el lugar con su dedo índice que de tanto uso ya estaba doblado y arrugado - continúe, vamos.

Una polvareda se interpuso entre nosotros, estábamos a cielo abierto, bajo un sol que, radiante hacía valer la época del año, verano. Me tapé la boca con parte de mi brazo izquierdo y me pregunté ¿qué hago aquí?

De nuevo la sonrisa de José, corta y pegajosa con una frase de respuesta para mi pensamiento. – trabajando joven.

Cómo joven, tengo más de 50 años. Me miró sin sonreírme, amablemente tal vez… y desapareció. Literalmente se esfumó, dejándome allí, recalentado y sediento por el sol. Lamiendo mis miserias que no eran tales, pero que en mi alma eran como heridas abiertas regadas con granos de sal.

Todavía expuesta mi cara al sol, tostándome implacablemente y como en un trance eterno, esperando que pasara algo o nada, regresó su jejeje inconfundible y calmante, luego su voz suave – joven la vida es hoy – me dijo.

Volví a mi cuerpo con disgusto, cansado de que este momento no fuera como había esperado después de tanto estudiar y trabajar a lo largo de una vida. -jejeje… lamentarse no paga las cuentas, dijo.

Amable y chocante esa frase. También real.

Sentía como comprensión y a la vez un palmazo en la espalda para que siguiera.

Agregó – llorar no está mal, las lágrimas lavan las penas del alma… y los pies nos mueven, jejeje trabaje joven-. Ante esa sonrisa, no pude siquiera usar lo mejor de mi repertorio (el sarcasmo).

Caminé dos pasos al frente con renovada energía y de nuevo la nube de polvo despejada por una brisa ahora cálida y José de vuelta frente a mí -jejeje joven ¿no está siendo incongruente entre lo que quiere y lo que está haciendo en este lugar?

¿Ahora el pequeño y gran José estaba filosofando?

Sin embargo, tenía razón y yo ninguna respuesta de inmediato. Pensé por un segundo y cuando estaba listo para responder, me atajó con su jejeje – ¿cómo llegó aquí?

Manejando, dije con voz firme, para no decir disgustado.

No esperé su siguiente pregunta ¿manejando su vida?

Sentí desesperarme, pero tenía razón.

-Jejeje ¿qué quiere de la vida? ¿cuál es su objetivo?

A mis adentros dije -dame un respiro José-.

...y como si todo lo escuchara dijo:

-Respirar es vivir, jejeje-

 

Jesús Lira

Julio 2018

Volver a casa, volver al viento

Si me lo hubieses dicho solo una semana antes no me lo hubiese creído y aquí estoy de nuevo, en la más absoluta paz de mi hogar, algo así como en la redención de la angustia provocada por mi ida intempestiva; aunque debo confesarte que al marcharme siempre pensé en volver, es que mis sueños y mis ilusiones se quedaron aquí. Yo me llevé mi cuerpo, con los conocimientos aprendidos en la escuela de arte, con las vivencias y experiencias de vuelo suspendido en el aire, con cada giro dancístico, en cada paso o acrobacia propia de este oficio que es bailar.

Así pues, hace quizás ya más de dos meses que me instalé sin más, abruptamente, en aquel viejo teatro, que aún entre utilerías descoloridas y goteras, sigue siendo un nido para creadores y soñadores en expresiones del alma, para deleite propio y de extraños. Un camerino es mi nuevo hogar y confieso que es mi hábitat natural. Pudiera quejarme de dormir en este espacio pequeño, más he decidido no proferir ni un suspiro, ni un lamento. No tengo tiempo para perder, sólo me queda empezar de cero, de uno, de dos… que importa! esta es la escalera que me hará sudar, es el inicio de una nueva etapa.

Pudiera incluso llorar, al pensar que después de haber ganado el premio nacional de danza clásica en mi país no tengo gloria que celebrar, ni prestigio que salvar, me queda sólo levantarme y avanzar. Y es extraño que mi dolor físico casi no me duela, soy un bailarín, mi habitualidad es el dolor, es inherente a lo que hacemos, es como la música o la coreografía para un baile, es parte de la puesta en escena.

Ahora bien, lo que realmente me duele y siento que me hace sangrar y me acorta el camino y los espacios, es algo más profundo, más hondo en mi pecho, algo que me acongoja y hace presión, reseca mi boca, cierra mi garganta y convierte la saliva en lava que desciende lenta y pegajosa, quemando todo a su paso, es esta sensación de resignación. Como cuando te quedas sin fe, mirando por la ventana la nada convertida en infinito, pero sigues creyendo que este día será mejor, que debes intentarlo aunque no haya caso.

Y así, a las 5 de esta mañana de cualquiera de estos días sucesivos, estoy despierto, auto motivado, caliento mi cuerpo para la sesión de Yoga, cada uno de mis músculos sabe cuál ha de ser la respuesta al próximo movimiento. Respiro profundo y entra toda la energía del universo en mi cuerpo, ella trae consigo aromas del jardín de mi casa y recuerdos infantiles. La risa de mi madre, el olor del café recién colado sin prisas, listo para el disfrute en el paladar con la mezcla de pan dulce y mantequilla…

Exhalo lentamente y recupero la concentración. Repito y me centro en el “no ser” y mi cuerpo sabe que postura adoptar, llega la fuerza y crezco en energía vibrante que llena la altura del espacio, desde las tablas del escenario trasciendo hasta el techo y más allá, el cielo se expande a los lados infinitamente, ya nada detiene el vigor y la fuerza desatada en cada movimiento y cada cambio de figura. De la posición del “guerrero I” al “guerrero II”… y así hasta estar exhausto, tendido y relajado, mirando hacia ningún punto y regresando a mí.

Cada mañana es un nuevo comenzar, no me venceré, no me vencerán. Hablo con mis miedos, con mis certezas que no tengo y con mis esperanzas. Ya llegan mis alumnos y aún sudoroso, estoy listo para entregar arte en forma de danza clásica. Ahora soy un maestro en busca de fortuna, arañando el camino hacia el incierto futuro, no hay sueldo que asegure la comida del día. Es un mundano pensamiento éste último, pero tan real! que miles de almas deambulan en impensadas condiciones por el mundo, detrás del sueño de dormir con la barriga llena.

Un té caliente y aromático ha llegado a mis manos, por gracia del universo o por vergüenza de alguno de mis alumnos que sabe de mis talentos, de mis tristezas, de mi hambre, de mis angustias de inmigrante. Luego habrá tiempo para comer algo… que también vendrá por “gracia del universo” cuando los alumnos paguen en caja las clases diarias.

Así va esto… más, soy un artista! Amo el sonido y el color de cada día, reflejado en el movimiento torpe o experto de mis alumnos y miro la armonía inexistente para darle forma, incorporarla y hacer del movimiento un vehículo expresivo, de experiencias vitales, actuales y ancestrales. Exijo ritmo y estoy quieto, miro sin mirar, veo todo y nada.

Aquí todo está dado, un mes me ha bastado de bailar y hablar, de reír, llorar, de abrazar, escuchar, orientar y ya tengo amigos que me siguen y sienten que les duele más mi pena que a mí mismo. Siempre estoy en silencio, aun cuando la música nos guía hacia el siguiente paso. Sonrío y despliego mis alas al aire, no es posible detenerme, hay una conexión entre el aire, la nada y yo. Lo sé!

Sin preámbulos, ni despedidas o tristezas he decidido marcharme hacia un nuevo lugar, donde el mar es tan azul como aquí, también hay palmeras y el viento sopla con fuerza caribeña. Los atardeceres son anaranjados, azules, verdes, grises y amarillos. Nueva gente, nuevos brazos. Un amor de atardecer me ha traído hasta aquí y ardo de pasión y vida como si fuese una última oportunidad de respirar cuando le miro y sé en ese instante que debía venir.

Esa amplia sonrisa es más que un premio a mi recorrido kilométrico, es el bálsamo que buscaba afanosamente desde hace algún tiempo, porque nada se crea sin amor, sin pasión. Yo andaba por allí muriendo de sed, de inanición de no verle, así mis venas se habían secado. Así mi respiración se había hecho corta y angustiosa. Lo sé porque hoy casi me revienta el pecho el agite de mi corazón y la exigencia de oxígeno en mi sangre. Y pensar que fue sólo un instante, sólo una mirada.

Pero… qué mirada!!! Supe en ese corto espacio de tiempo que podía despedirme de todos en silencio y eso hice, no más palabras, no más danzas, no más giros infinitos, ni maquillajes, ni aplausos, ni música ni nada. En absoluto silencio he quedado… para mirar lagrimas caer y estallar como miles de estrellas sobre coronas de flores, las he visto anegar la grama, he visto las arrugas de mi madre extenderse sobe la tierra, buscando mi piel, he sentido su aliento y su respiración. Es el otro amor que he dejado en suspenso. No me duele nada, no hay nada más, solo descansar y esperar que con el tiempo mi memoria se borre, que sea yo el polvo que el viento bate a su antojo, quizás sea de nuevo una danza, un danzarín.

Jesús Lira

Octubre 2017.